Es un error de perspectiva que el deporte aparezca al final de los programas políticos. Pocas políticas tocan tantas cosas a la vez: la salud, la educación, la ciudad, la convivencia y la manera en que envejecemos

Cada vez que, como en el próximo noviembe, se acercan unas elecciones generales, los programas se llenan de promesas sobre economía, vivienda o sanidad. El deporte aparece al final, casi como un adorno, en unos párrafos que casi nadie lee. Es un error de perspectiva. Pocas políticas tocan tantas cosas a la vez: la salud, la educación, la ciudad, la convivencia y la manera en que envejecemos.

Hace ya muchos siglos se pensaba que la virtud nace del hábito. Un país también se construye con hábitos, y el del movimiento sigue siendo, en España, una asignatura pendiente. Por eso convendría que todos los partidos, sea cual sea su color, asumieran algunos retos que no deberían depender de quién gobierne.

 

Es un error de perspectiva que el deporte aparezca al final de los programas políticos. Pocas políticas tocan tantas cosas a la vez: la salud, la educación, la ciudad, la convivencia y la manera en que envejecemos


El primero es entender el sedentarismo como lo que es: un problema de salud pública. La práctica deportiva ya es un derecho reconocido en la Ley del Deporte, pero un derecho que no se ejerce se queda en papel. Hace falta que el ejercicio entre en la sanidad, que un médico pueda recetar actividad física con la misma naturalidad que un medicamento, y que esa receta tenga un lugar donde cumplirse.

El segundo reto empieza en la escuela. Si queremos que España deje de ser líder europeo en obesidad y sobrepeso infantil y adolescente, necesitamos más horas de educación física, patios abiertos por la tarde y una alianza real entre colegios, clubes y municipios. El niño que aprende a disfrutar moviéndose será un adulto que no necesitará que se lo recuerden.

El tercero mira al otro extremo de la vida. Somos uno de los países más longevos del mundo, y la pregunta ya no es cuántos años vivimos, sino cómo los vivimos. El ejercicio es la mejor política contra la fragilidad y la soledad de nuestros mayores. Debería pensarse como una inversión, no como un gasto.

El cuarto reto es la ciudad. Las instalaciones deportivas son plazas del siglo XXI, lugares de encuentro donde se cruzan generaciones. La colaboración entre lo público y lo privado ha demostrado que puede multiplicar ese servicio sin renunciar a su vocación pública. Merece un marco estable, sin recelos ideológicos.

 

Las instalaciones deportivas son plazas del siglo XXI, lugares de encuentro donde se cruzan generaciones



El quinto tiene que ver con la financiación. Ya es hora de una ley de mecenazgo deportivo ambiciosa y de una fiscalidad que trate la actividad física como lo que es, un servicio esencial para la salud. No tiene sentido gravar el gimnasio como un lujo mientras pagamos en consultas lo que no prevenimos con movimiento.

El sexto es la igualdad. El deporte femenino, el deporte inclusivo y el de las personas con discapacidad no son capítulos aparte. Miden la madurez de un país.
Y el séptimo es el legado. España organizará el un de fútbol junto a Portugal y Marruecos, y los grandes eventos solo tienen sentido si dejan algo más que estadios: practicantes, hábitos y orgullo compartido.

Ninguno de estos retos cabe en una legislatura. Por eso el deporte necesita algo que en la política española escasea: un pacto de Estado. Séneca decía que no hay viento favorable para quien no sabe adónde va. El deporte español sabe adónde quiere ir. Falta que quienes aspiran a gobernarnos, sin importar sus siglas, decidan acompañarlo.

Alfonso Arroyo es adjunto a la presidencia de GOfit y profesor URJC

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