La Superliga alternativa murió hace ya mucho tiempo. Concretamente, el día en que los clubes de la Premier League se bajaron del proyecto.

La brevedad de los comunicados de esta semana dice mucho más que cualquier rueda de prensa. Nadie quiere hablar de vencedores y vencidos, pero el fútbol europeo ha enterrado el hacha de guerra cinco años después de aquel terremoto de abril de 2021.

La reforma de la UEFA Champions League y la entrada formal de los clubes en su gestión comercial resuelven, en la práctica, los dos problemas de base que dieron origen a la amenaza de una Superliga: la voluntad de más partidos atractivos con la presencia de los grandes clubes -el nuevo sistema los blinda- y una mayor influencia en la explotación del negocio.

El Real Madrid podrá sostener ante los suyos que su persistencia forzó cambios estructurales. UEFA y la European Football Club (EFC) —la antigua ECA— pueden felicitarse porque la opinión pública entenderá mayoritariamente que han resistido la ofensiva judicial y han sabido aplacar la mayor crisis institucional de las últimas décadas. Cinco años ha llevado, pero el modelo ha mutado.

Dicho esto, conviene recordar algo que a veces se olvida: la Superliga alternativa murió hace ya mucho tiempo. Concretamente, el día en que los clubes de la Premier League se bajaron del proyecto por la presión de sus aficionados, no por la de la UEFA. Sin el mercado británico, sin su músculo audiovisual y comercial, las cuentas simplemente no salían. El resto era relato.

También lo era la idea de financiar una competición rival con fútbol en abierto. No hay inversión publicitaria capaz de sustituir los casi 3.800 millones de euros anuales que generan conjuntamente Champions, Europa y Conference League en el ecosistema de pago. Fue un argumento populista para intentar ganarse a la grada. El negocio real siempre estuvo en otro sitio.

Y ahí es donde aparece el verdadero vencedor silencioso. Aunque vaya de modesto, a Nasser Al-Khelaïfi hay que reconocerle la jugada. Preside la EFC, ejerce de portavoz de los gigantes europeos y se sienta en todas las mesas donde se decide el futuro del negocio. Supo abrazar a Joan Laporta en Roma y dejar caer que “Florentino ha ganado”, mientras recordaba una verdad incómoda: lo único que se ha perdido en este pulso ha sido tiempo, dinero, seguridad jurídica y energía en la confrontación.

Ahora sí, arranca la Superliga. No como ruptura, sino como evolución interna del modelo. Más partidos entre gigantes, más peso de los clubes en lo comercial y un reparto que, sin cambiar de manos, sí cambia de equilibrio. El fútbol europeo no necesitaba una revolución, sino una negociación. Y con el señorío de protegerse unos a otros, porque Barça y Madrid no podrían vivir sin la Champions, pero tampoco la Orejona sin ellos.

 

 

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