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Dicen que crear un hábito exige 21 días de disciplina. Pero claramente debemos hablar de más días –¡meses, años!- cuando hablamos de acostumbrar al aficionado a engancharse a un nuevo deporte o competición. Hoy, crear un torneo desde cero y convertirlo en un gran producto de consumo sigue siendo uno de los mayores retos para quienes emprenden en esta industria. No por falta de dinero, ideas o talento, sino porque competir por atención frente a competiciones históricas exige algo mucho más difícil de comprar: tiempo y hábito.

Los últimos meses han dejado varios ejemplos claros. LIV Golf, cuando empezaba a atraer marcas globales como Rolex, ha visto cómo dos de sus estrellas han regresado al PGA Tour, con Brooks Koepka como caso más simbólico. El proyecto sigue vivo, pero el mensaje es evidente: el dinero puede abrir puertas, pero no garantiza continuidad. Más abrupto ha sido el desenlace de Grand Slam Track. La competición impulsada por Michael Johnson aspiraba a transformar el atletismo en un producto audiovisual atractivo. Ha terminado en quiebra, con una deuda cercana a los 41 millones de dólares y con el propio Johnson rascándose el bolsillo.

En un punto intermedio se encuentran proyectos como Unrivaled, que sorprendió hace un año con su formato 3x3 de baloncesto femenino, pero que ahora sufre para mantener el hype. Algo similar a lo que le ocurre a la TGL, promovida por Tiger Woods: formatos innovadores que generan curiosidad inicial, pero a los que les cuesta consolidarse en la rutina del espectador. Y, sin eso, difícilmente las televisiones y los patrocinadores están dispuestos a asumir grandes inversiones como para que la idea se convierta, tirado de jerga startupera, en algo más que un producto mínimo viable (MVP).

En ese contexto, la Kings League representa un caso singular. Su expansión internacional y el cruce constante de países le han permitido construir una narrativa activa los 365 días del año. No ha destronado a las competiciones legacy, pero ha logrado algo igual de valioso: no ser devorada por ellas. Esas competiciones históricas, a menudo tildadas de inmovilistas, resisten por una razón muy sencilla. Como nos recuerda LaLiga en su última campaña: “La vida es eso que pasa entre que tu padre te lleva al estadio y lo llevas tú a él”. Romper esa inercia no es imposible, pero sí caro.

Por eso Adam Silver no deja de tener razón cuando pide visión a largo plazo a quienes quieren invertir en NBA Europe. Crear hábito es un proceso lento. Y en esa guerra por la atención, quizá el gigante del baloncesto necesite más mentalidad startup que la de una liga acostumbrada a ganar desde el primer día.

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