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El wellness ha dejado de ser un privilegio para convertirse en un sector a tener en cuenta en la economía global. Aún así, la geopolítica amenaza con convertir el bienestar en un privilegio renovado

Lo que empezó siendo un nicho de mercado para privilegiados se ha transformado en uno de los fenómenos económicos y culturales más relevantes de nuestro tiempo. Pero detrás de las cifras récord hay una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿para quién es, realmente, esta revolución del bienestar?

Durante años, hablar de bienestar era hablar de privilegio: retiros de yoga en Bali, smoothies de superalimentos y aplicaciones de meditación para gente con demasiado tiempo libre. Pero algo ha cambiado profundamente. Lo que empezó como una moda de nicho se ha convertido en uno de los fenómenos económicos más relevantes de nuestro tiempo, y entender por qué dice mucho sobre cómo hemos cambiado como sociedad.

La economía global del wellness alcanzó un nuevo récord de 6,8 billones de dólares en 2024, duplicando su tamaño desde 2013, y se proyecta que crecerá un 7,6% anual hasta acercarse a los 9,8 billones en 2029. Para ponerlo en perspectiva: el sector ya supera en tamaño al turismo, a las tecnologías de la información y al deporte juntos, y es casi cuatro veces mayor que toda la industria farmacéutica mundial. No es una moda pasajera; es un reordenamiento de prioridades colectivas.

 

La salud ha dejado de ser un destino al que se llega cuando algo falla para convertirse en un proyecto continuo de toda una vida.

 

Durante generaciones, la salud fue algo que gestionabas cuando algo iba mal. Ibas al médico, te recetaban algo y volvías a casa. El sistema sanitario estaba diseñado con una visión reparadora, no preventiva. Esa lógica está siendo reemplazada, lenta pero firmemente, por otra completamente distinta: no esperar a enfermar para cuidarse.

Hoy, millones de personas monitorizan su sueño, personalizan su alimentación, entrenan con datos y gestionan su ansiedad con la misma atención con la que antes solo gestionaban sus síntomas. Este cambio no es trivial: refleja una toma de conciencia colectiva sobre la fragilidad de la salud, acelerada sin duda por la pandemia.

Los datos lo confirman: los sectores de bienestar inmobiliario y salud mental son los de mayor crecimiento, expandiéndose a tasas anuales del 19,5% y el 12,4%, respectivamente, entre 2019 y 2024. Además, la tecnología está actuando como acelerador: el mercado de tecnología fitness más que duplicó su tamaño en los últimos cinco años, alcanzando los 86.000 millones de dólares. Nunca había sido tan fácil —ni tan tentador— tomar decisiones informadas sobre el propio cuerpo.

Hay una parte de esta historia de éxito menos contada, y tiene que ver con lo que ocurre cuando el orden global empieza a crujir. La cadena de suministro del bienestar está más globalizada —y más frágil— de lo que parece desde el escaparate de una tienda de suplementos o desde la pantalla de una app de meditación.

Gran parte de las materias primas y botánicos de los que depende el sector provienen de China, donde se ha consolidado durante décadas una sofisticada cadena de valor. Esa dependencia, que durante años fue una ventaja competitiva, se ha convertido en una vulnerabilidad geopolítica en tiempos de guerra arancelaria. Los aranceles sobre importaciones chinas llegaron al 145% en 2025, afectando directamente a hierbas, botánicos y otros ingredientes especializados para los que no existe sustitución inmediata.

Las consecuencias llegan hasta el consumidor. El Consejo de Nutrición Responsable advirtió que estas barreras comerciales pueden elevar precios y limitar el acceso al bienestar. Dicho de otra manera: la geopolítica amenaza con convertir el acceso al bienestar en algo todavía más caro y desigual. Y el problema no se limita a los ingredientes: los aranceles también encarecen envases, cápsulas, equipamiento y logística, presionando cada eslabón de la cadena.

A escala macroeconómica, la ONU proyecta que el crecimiento del comercio mundial se desacelerará al 2,2% en 2026, con el impacto de los aranceles haciéndose más evidente a lo largo del año. Para una industria acostumbrada a crecer por encima de la economía global, es un escenario que obliga a repensar estrategias desde los cimientos.

 

La geopolítica amenaza con convertir el bienestar en un privilegio renovado, con mejores algoritmos pero con las mismas barreras de siempre.

 

Hay una tensión en el corazón de esta industria que vale la pena nombrar con claridad, porque tiene consecuencias sociales reales. El gasto per cápita en bienestar es de 6.029 dólares en Norteamérica, frente a 471 dólares en Asia o 607 dólares en América Latina. La brecha no es un detalle estadístico menor: es una pregunta abierta sobre quién tiene acceso, en la práctica, a esta revolución.

Si a esa desigualdad estructural le sumamos la presión inflacionaria derivada de los conflictos comerciales, el riesgo es concreto: que el wellness regrese al exclusivismo del que supuestamente había salido. Que vuelva a ser cosa de pocos, pero con mejores algoritmos y con la retórica del autocuidado como coartada.

El sector tiene por delante una prueba de madurez que va más allá de los balances financieros. No se trata solo de seguir creciendo —los números sugieren que lo hará—, sino de demostrar que puede hacerlo de manera ética, inclusiva y basada en ciencia rigurosa, incluso cuando el entorno global complica las reglas del juego.

La economía del bienestar ya representa el 6,1% del PIB mundial, creciendo a un ritmo muy superior al de la economía global. Es algo demasiado importante para dejarlo solo en manos del mercado. Al final, el bienestar no debería ser un lujo. Esa es la gran promesa de nuestra sociedad. Y todavía estamos en el camino de cumplirla.

 

Alfonso Arroyo es director general de la plataforma España Deporte y adjunto a la presidencia de GO fit.

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