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La creación de hábitos sostenibles configura una ciudadanía sostenible que empatiza más allá de su espacio engañoso de confort.

En estas pasadas semanas, he tenido la ocasión de leer varios artículos sobre los últimos descubrimientos relacionados con el funcionamiento del cerebro y el desarrollo infantil. En ellos, se muestran evidencias que sin duda me obligan a repensar algunos arraigados dogmas que me acompañan desde hace años. Tanto biólogos, como neurocientíficos cognitivos han descubierto neuronas espejo, las denominadas neuronas de la empatía, que permiten a los seres humanos sentir y experimentar situaciones ajenas como si fueran propias. Parece que, aunque nuestro comportamiento como especie dice lo contrario, somos los animales más sociales, que además buscamos interactuar íntima y amigablemente con nuestros iguales.

Por otra parte, otro tipo de investigadores y científicos, los sociales, están comenzando a reexaminar la historia con una mirada más  empática, descubriendo lo que podríamos denominar corrientes históricas ocultas que sugieren que la evolución humana no sólo se puede clasificar en función del control de  la naturaleza, sino que existe otra dimensión que podríamos configurar alrededor del incremento y la ampliación de la empatía hacia seres muy diversos y en ámbitos temporales y espaciales cada vez mayores.

La aparición de pruebas científicas que determinan que somos una especie básicamente empática tiene consecuencias sociales profundas y de gran alcance, que podrían determinar, o por lo menos influir, en cuál será nuestra suerte como especie.

En estos tiempos, tan difíciles y complejos, donde resucitar la economía mundial y revitalizar la biosfera son nada más y nada menos que objetivos prioritarios, necesitamos como paso previo dar un salto hacia una conciencia empática mundial.

La cuestión es la siguiente: ¿cuál es el mecanismo que permite la maduración de la sensibilidad empática y la expansión de esa conciencia?

La verdad es que no tengo respuesta a esa pregunta y lo siento profundamente. Lo único que si sé es que la creación de hábitos sostenibles configura una ciudadanía sostenible que empatiza más allá de su espacio engañoso de confort, normalmente articulado sobre una mirada egoísta y reduccionista de nuestra sociedad.

Creo que, si esta tesis personal pudiéramos darla como válida, entonces nuestro sector, el del ejercicio físico y el deporte, además de estar ante un gran reto de transformación, estaría ante una responsabilidad sin precedentes.

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