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Barcelona es una de las principales capitales mundiales del deporte. Nadie lo pone en duda desde que en 1992 se situó́ en el mapa gracias a los Juegos Olímpicos y por el hecho adicional de contar con algunas de las principales entidades deportivas del mundo. Ahora bien, de aquello han pasado casi tres décadas y la ciudad tiene una nueva oportunidad para volver a ser relevante: dar vida al mayor hub sportech del mundo Un centro de atracción de los proyectos y empresas que gracias a la aplicación de la tecnología transformarán la manera de disfrutar del deporte, ya sea como practicantes o como espectadores. Potenciar nuestros puntos fuertes favorece el potencial de Barcelona como hub tecnológico a nivel internacional, en este caso, en el mundo del deporte.

Presente en el sector tecnológico desde 1995 como emprendedor, como inversor y como directivo, he participado en algunos de los grandes proyectos tecnológico-deportivos recientes, como la creación de TradeINN, el mayor ecommerce español del deporte. Desde Galdana Ventures (un fondo con más de 1.000 millones de dólares bajo gestión) he tenido la oportunidad de conocer de cerca casos de start ups de referencia como Peloton o Zwift y entre 2010 y 2020 como directivo responsable del área digital del FC Barcelona, sin ninguna duda, el proyecto de transformación digital más relevante en la industria del deporte a nivel mundial. 

Mi actividad profesional me lleva a pasar largas temporadas entre Silicon Valley y China, dos epicentros mundiales de la tecnología. Allí he podido conocer muchos ecosistemas y aprender de la mano de algunos de los mejores profesionales del sector, creadores de algunos de los mejores hubs tecnológicos del mundo. Derivado de toda esta experiencia acumulada, creo que debemos hacer varias reflexiones cuando hablamos de Barcelona: ¿En nuestro propio ecosistema emprendedor, podríamos vincular la tecnología y el deporte? ¿Qué hace que un ecosistema sea potente y por qué Silicon Valley es Silicon Valley? La respuesta corta: el Valley es una combinación de hardware y software.

El hardware son una serie de elementos estructurales, entre los que podríamos destacar la calidad de vida, especialmente ahora que el teletrabajo nos ha hecho convencernos de que podemos trabajar desde cualquier sitio. Pero también ayuda una cuestión tan trivial como el buen clima, que permite que en Barcelona o a pocas horas en coche pueda practicarse casi cualquier deporte sin problemas, sea esquí o náutica. A esto, sumémosle la credibilidad de la marca Barcelona desde los Juegos de 1992 y el hecho de ser sede de organizaciones como Barça, Dorna Sports o Euroliga, que la potencian en términos deportivos y de atracción de otros stakeholders, a lo que hay que añadir la relevancia adquirida gracias al Mobile World Congress (MWC) y a un ecosistema tecnológico emprendedor creciente. Son ventajas estructurales que, por ejemplo, no tienen ni Paris, ni Berlín, ni Londres.

El software, por su parte, es un espíritu, un estado mental que permite que se produzca una especie de círculo virtuoso en el que la colaboración entre todos los stakeholders fluye de manera constante con un objetivo claro: conquistar un mercado. Y Barcelona debe aprovechar la oportunidad de erigirse en el mayor ecosistema sportech de Europa. He tenido la oportunidad de ver como otras capitales del mundo han creado sus particulares Valleys, y no hay duda de que Barcelona y su entorno también tiene atributos y capacidades para hacerlo.

La ciudad debe tener su propio modelo sin buscar comparaciones con nadie. Tiene muchísimos elementos a su favor (clima, talento local, capacidad de atraer talento internacional, etcétera), y los que no tiene, podría llegar a desarrollarlos, como la sana ambición por un gran mercado. En este modelo propio de Barcelona tecnológica, el sportech tiene que ser un pilar fundamental.

Y añadamos una pieza adicional. Si bien el liderazgo debe recaer en el sector privado, la implicación de la Administración puede ser determinante para conseguir que el actual parque de instalaciones deportivas de titularidad pública se convierta en el laboratorio más realista que pueda haber para testar cambios tecnológicos. El mejor laboratorio son los clientes, y si algo tiene Barcelona es una red de instalaciones y clubes que harían mucho más sencilla la validación de productos y servicios. Ese puede ser el cambio diferencial en el modo en que las ciudades buscan este talento.

¿Nos ponemos a trabajar todos juntos?

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