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El fútbol europeo, ‘too big to fail’

Tras años de guerra soterrada sobre la gestión de las competiciones, los colosos han intentado romper la baraja, acuciados por pérdidas de 600 millones en 2019-2020 y la presión de un modelo en el que el control es de Uefa y la solidaridad “excesiva”.

repor1 El fútbol europeo, too big to fail

Poner de acuerdo a Javier Tebas y Luis Rubiales no es nada sencillo. Ni que haya un alineamiento en los discursos de Pedro Sánchez, Boris Johnson, Emmanuel Macron e incluso el Príncipe Guillermo de Inglaterra. Tampoco era de esperar que las aficiones que cada fin de semana se desean la derrota gritaran al unísono la misma consigna: “¡No a la Superliga!”, se escuchaba el pasado 19 de abril a las puertas de los estadios del Big Six.

Era el inicio de una revolución social, que tras un año de silencio en las gradas demostraba que los inversores del fútbol europeo pueden ser dueños de las acciones de un club, pero no siempre de su futuro.

En apenas 48 horas, la presión mediática, política y social liquidó el que posiblemente haya sido el mayor intento de los clubes por alterar la pirámide competitiva del Viejo Continente y, más importante aún, su modelo de gobernanza. Que nadie se engañe. Ha terminado la primera batalla, pero la guerra puede durar hasta 2024. Empieza la cuenta atrás para definir el futuro del fútbol europeo.

“La sociedad existe y los socios que componen la Superliga, también. Lo que hemos hecho ha sido darnos unas semanas para reflexionar ante la virulencia con la que algunas personas que no quieren perder sus privilegios han manipulado el proyecto”, insistía en As su principal impulsor, Florentino Pérez, en una de las tres únicas entrevistas que ha concedido para hablar del proyecto.

 

 

Es el mismo mensaje lanzado por Andrea Agnelli, presidente de la Juventus, y el AC Milan, que se mantienen a su lado en este frente junto al FC Barcelona, si bien con una posición más ambigua en cuanto hasta dónde están dispuestos a llegar. El as bajo la manga de Joan Laporta es la asamblea blaugrana, que será la que determinará si el Barça rompe la baraja en un momento dado.

Quienes ya han abandonado el barco son los seis equipos ingleses que dieron el “sí quiero”, los seis más poderosos de la Premier League y sin los cuales es inviable crear una competición que genere más ingresos que la Champions League. Se trata de Manchester United y City, Liverpool FC, Chelsea, Arsenal, Tottenham, a los que más tarde se sumaron Atlético de Madrid e Inter.

Han llegado a pedir perdón a sus aficiones y al conjunto del sistema futbolístico, con versiones off the record en las que han llegado a insinuar que poco más que se les puso entre la espada y la pared para que firmaran su adhesión a un proyecto al que si no se subían, lo harían otros. Hoy faltan candidatos para subirse a ese tren.

 

El ‘statu quo’ activa la maquinaria mediática

Y no es para menos, pues un escueto comunicado de medianoche y la creación de una web con mucho logo y poca información bastaron para que el statu quo activara toda su maquinaria. Rueda de prensa del presidente de Uefa, Aleksander Ceferin, advirtiendo de posibles sanciones; anuncios de reformas para exigir fidelidad a los próximos participantes de competiciones oficiales, y un clásico: los jugadores de los equipos díscolos no podrán jugar con sus selecciones nacionales.

El sistema federativo dejaba claro que romper sus pilares no es nada sencillo, por más que The Super League pidiera las cautelares en un juzgado de lo mercantil de Madrid para blindarse de esas hipotéticas sanciones.

De momento, las amenazas públicas y veladas parecen haber desactivado la ruptura total para dar paso a lo que muchos sabían que sería importante de la crisis desatada la noche del 18 de abril: la negociación real por un cambio en el sistema de gobernanza del fútbol en Europa, con el que los clubes puedan tener mayor control sobre su negocio sin que se altere excesivamente la brecha ya de por sí existente entre grandes y pequeños.

Hace unos años lograron asiento en el comité ejecutivo de Uefa, pero su deseo real es una gestión compartida del negocio; poder decidir sobre horarios, televisiones y patrocinadores. “La gobernanza es un tema pendiente, pero no justifica que se monte una Superliga”, admite Javier Tebas, presidente de LaLiga y el responsable de competición nacional más beligerante junto a Christian Seifert, su homólogo en la Bundesliga y quien tachó a Madrid y Barça de “máquinas de quemar dinero”.

 

 

Es la ortodoxia alemana la que más crítica se ha mostrado con la iniciativa, que considera que erra en su análisis sobre qué ha llevado al fútbol a su actual situación. “No creo que la Superliga vaya a solucionar los problemas económicos de los clubes europeos; lo que deberían hacer es trabajar solidariamente para garantizar que la estructura de costes, en particular los sueldos de los jugadores y los honorarios de los intermediarios, se ajustan a los ingresos”, les criticó Karl-Heinz Rummenigge, director general del FC Bayern.

La Asociación Europea de Clubes (ECA) advirtió que la crisis podría comerse 8.500 millones de euros en ingresos entre 2020 y 2022​​​​​​, provocando unas necesidades de caja de más de 6.000 millones de euros a cubrir con nuevo endeudamiento o aportaciones de los máximos accionistas. Fórmula asumible para aquellos en cuyo accionariado tienen a multimillonarios o directamente estados; más difícil para entidades de propiedad popular, como Barça o Madrid.

“O hacemos algo pronto o quebrarán muchos clubes”, defendió Pérez, que en todas sus intervenciones negó la insolidaridad de la Superliga e incluso aseguró que es una iniciativa “para salvar al fútbol”. Aunque eso suponga dejar fuera de la máxima competición continental a quienes no formen parte del grupo fundacional o estén ubicados en mercados estratégicos para recibir una de las cinco invitaciones previstas.

De hecho, el punto de partida es especialmente beneficioso para los quince equipos que teóricamente controlarían la gestora del nuevo torneo. Pese a que siempre se habló de un cobro inicial de 350 millones por participante, la documentación desvelada en las últimas semanas muestra que no es tan ventajoso como podría parecer.

De hecho, ese pago en realidad sería un préstamo, de entre 100 millones y 350 millones de euros en función del club, a devolver en 23 años. La financiación total, de 3.525 millones de euros, estaba garantizada por JP Morgan, que recibiría 264 millones para ir cancelando ese préstamo.

Era una rentabilidad que bien merecía arriesgar, pues el comité de aprobaciones del banco de inversión validó la operación pese al riesgo reputacional. “Claramente juzgamos mal”, admitió la firma días después del enfrentamiento entre los clubes y el sistema. Ningún error de cálculo en cuanto al business plan que justificó que entrara en el proyecto, a tenor de su comunicado y pese a las amplias dudas que generan las cifras anunciadas entre la mayoría de los expertos.

 

 

Un plan de negocio que la industria pone en duda

Recordemos los números del plan cocinado en los últimos meses por Key Capital, asesor de Pérez en sus grandes operaciones con ACS y quien ya diseñó la entrada de Providence en el negocio de patrocinios del Real Madrid. La Superliga debería generar como mínimo unos ingresos anuales de 4.000 millones de euros, de los que 3.000 millones procederían de la venta de los derechos de televisión y 1.000 millones más por la comercialización de patrocinios.

A este negocio recurrente, se le añadirían unos 2.000 millones extraordinarios con la venta de una participación del 20% de la gestora del torneo a fondos interesados en participar. Valoración de multinacional del Ibex-35 sin haber arrancado.

Para entender la magnitud del salto en ingresos que plantea Pérez basta con mirar los últimos datos del negocio de la Uefa con las competiciones de clubes. La confederación ha conseguido que los ingresos anuales por Champions y Europa League pasen de 1.340 millones en 2009-2010 a más de 3.200 millones en el año previo a la Covid-19, cuando el negocio bajó a 2.730 millones.

Es decir, que la Superliga generaría sobre el papel una facturación un 25% superior a la actual con menos partidos, pero de mayor calibre, aunque renunciando al fin de semana para no soliviantar aún más a las ligas nacionales y, por lo tanto, fuera de las mejores franjas horarias para lograr aún mejores acuerdos en mercados clave como EEUU o Asia.

La Superliga debería generar como mínimo unos ingresos anuales de 4.000 millones de euros

“Esto no va a ningún sitio; uno de los planes de negocio más flojos que se han visto”, sostienen dos brokers audiovisuales, habituados a vender algunas de las principales competiciones internacionales en todo el mundo. “La televisión tiene que cambiar para que podamos adaptarnos. Los jóvenes ya no tienen interés por el fútbol, ¿por qué no? Porque hay muchos partidos de escasa calidad y no les interesa, tienen otras plataformas para distraerse”, continuaba defendiendo Florentino Pérez.

Un estudio de la ECA sobre esta cuestión señala que el 40% de los jóvenes de 16 a 24 años no tiene interés en el fútbol, si bien ese es un rechazo que baja a menos del 15% entre los menores de 15 años; a partir de los 25 años, el rechazo baja al 30%, si bien las razones para el rechazo identificadas tienen más que ver con una cuestión cultural y no tanto de atractivo como producto de entretenimiento.

“No entiendo que para anunciar esto no hayan ido de la mano de algún operador fuerte; salieron sin saber qué les podía ofrecer el mercado”, critica el responsable de derechos de otra gran competición. La mejor muestra de esa falta de sondeo fue la reacción de las principales plataformas de televisión de pago, pues Sky, BT Sport o Amazon se desentendieron de la idea, defendieron el modelo actual y mostraron su fidelidad a las ligas nacionales con las que trabajan y, en algunos casos, la Champions League.

Drama y meritocracia deportiva, dos ingredientes que a las televisiones les permite generar expectación entre la audiencia, pero que inquieta a unos inversores, especialmente los que proceden de Estados Unidos. No entienden que sus clubes puedan generar una cuarta parte del negocio del fútbol europeo y que un mal año en lo deportivo pueda traducirse en una caída de ingresos del 25%.

 

 

El dilema real es quién tiene la llave de la caja

Y ahí es donde entra el segundo elemento clave de toda esta historia: la llave de la caja y la distribución del negocio. Los clubes grandes se sienten agraviados y consideran que ligas y, sobre todo federaciones, les extraen valor para redirigirlo a otros eslabones del fútbol sin que eso les repercuta. Solidaridad ha sido un concepto recurrente durante el fuego cruzado. Y no es nada nuevo, sino que ya hace más de una década que esa idea de capturar más negocio resuena en la cabeza de los colosos.

“Como todas las industrias, el fútbol también tiene su regulador: un conjunto de organismos que define las normas de la competencia y que vela por su cumplimiento. Ahora bien, con una diferencia capital y singular, y es que este regulador también compite, y en unas condiciones muy favorables”, denunciaba ya en 2009 Ferran Soriano, entonces vicepresidente económico del Barça y hoy primer ejecutivo del Manchester City.

“Cuando miro al clúster de stakeholders del fútbol veo a ligas, federaciones y jugadores que no toman riesgos, mientras que somos nosotros los que invertimos en estadios, centros de entrenamiento, cantera, etcétera”, denunciaba Andrea Agnelli en la sesión inaugural de World Football Summit de 2018.

Ese día se daba el pistoletazo de salida a todo lo que ha venido después: propuestas y más propuestas para dar más peso a las competiciones internacionales con el objetivo de que la cuarta revolución industrial no aumente aún más la brecha entre clubes y se colmen esas expectativas de estabilidad y crecimiento que ambicionan los ideólogos de la Superliga.

La profesionalización de los futbolistas a finales del siglo XIX traspasó el poder de Londres a las ciudades industriales de Reino Unido; con la construcción de grandes estadios el poderío pasó a las capitales europeas y los equipos con mayor masa social, mientras que el boom de la televisión con el arranque del siglo XXI trasladó el negocio a los clubes situados en países con mayor población. Nadie quiere seguir los pasos de Ajax, Anderlecht, Benfica, Celtic, Estrella Roja, Steaua de Bucarest… Ellos ya sucumbieron al cambio del modelo de negocio, un camino que Barça y Real Madrid no quieren transitar.

 


 

Es su principal miedo, puesto que la realidad es que a medio plazo será muy difícil que LaLiga supere a la Premier League en ingresos por televisión -en algunos mercados ya ha dado el sorpasso- y su modelo de propiedad les hace verse en inferioridad respecto a los denominados clubes-estado o aquellos controlados por multimillonarios.

Mientras aquí se sufre por los niveles de endeudamiento y el riesgo de números rojos, quienes les disputan los grandes títulos pueden decir que tienen el respaldo financiero de sus accionistas y no se contempla reducir costes. De nuevo la ortodoxia alemana, que alerta de la insostenibilidad de poner el foco en los ingresos y no en el gasto. Y LaLiga, que aspira a que su control económico a priori, que ha puesto en vereda hasta al más indisciplinado del fútbol español, se acabe replicando a nivel continental.

Sería un triunfo adicional para Tebas, azote de la Superliga desde el primer día y el que más encendidamente ha defendido la actual pirámide del fútbol europeo, que descansa sobre las ligas nacionales.

Convicción y necesidad, ya que un estudio encargado a Kpmg en 2019 advertía que una reforma que diera más atractivo y fechas del calendario a torneos Uefa se traduciría en una devaluación audiovisual de las ligas nacionales de más del 20%, alcanzando el 41,5% en el caso de la competición española. Es decir, un retroceso de más de 1.700 millones de euros que impactaría directamente en la competitividad de sus clubes respecto a los que asciendan a la Superliga.

Nadie quiere seguir los pasos de Ajax, Celtic o Benfica… Ellos ya sucumbieron al cambio del modelo de negocio, un camino que Barça y Real Madrid no quieren transitar

Porque más dinero no hay y así lo han dejado claro las televisiones. “Por supuesto sería atractiva para las televisiones, pero no tendría más valor de mercado que lo que ya existe”, recordó en enero Simon Green, director general de BT Sport, que en Reino Unido controla parte de la Premier y toda la Champions League.

Y a esa devaluación del resto de competiciones se le uniría la más que probable caída de los pagos por solidaridad que realiza la Uefa a los equipos que no compiten en Europa y que antes de la pandemia ya superaban los 225 millones de euros anuales.

Ellos les prometen 320 millones, dentro de un paquete de costes que incluye 60 millones en fees a agencias, 150 millones de costes de organización, los 264 millones para pagar la deuda con JP Morgan y un fee de 60 millones para Barça y Madrid, respectivamente, por gastos de gestión. A partir de ahí, 3.146 millones a repartir aproximadamente entre los equipos participantes, es decir, unos 160 millones, casi el doble de lo que hoy reciben. All in para doblar ingresos, pero más importante, tener la baraja.

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