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Las ciudades compiten por eventos: cuánto cuesta atraerlos y qué retorno generan

Las administraciones compiten por incorporar grandes citas deportivas y culturales a sus calendarios, pero la ecuación va mucho más allá del canon: inversión pública, turismo, actividad económica y legado determinan el retorno de cada evento.

NFL Madrid Game 2025

Las ciudades han dejado de ser un mero escenario para convertirse en parte de la estrategia de los organizadores de eventos. Mundial de Fútbol 2030, finales de la Champions League en Madrid en 2027 y en Barcelona en 2029, Fórmula 1, MotoGP, el Grand Départ del Tour de Francia o una prueba de Premier Padel compiten por espacio en los calendarios municipales y autonómicos. Y, con ellos, también compiten los propios destinos. La pugna por atraer grandes eventos tiene una traducción económica. Las administraciones asumen cánones que pueden ir desde decenas de miles de euros hasta varios millones por edición, además de costes asociados a seguridad, movilidad, promoción, instalaciones y servicios. A cambio, buscan visitantes, pernoctaciones, consumo, empleo y proyección internacional. En definitiva: impacto económico y legado a largo plazo.

Eso sí, la lógica está cambiando. El objetivo ya no consiste en conseguir el mayor evento disponible, sino en seleccionar aquellos que encajen con la estrategia económica y turística de cada territorio y construir una cartera capaz de generar actividad durante todo el año. “Las ciudades ya no quieren simplemente ‘comprar’ eventos; quieren saber qué evento encaja con su estrategia de ciudad y qué retorno va a dejar en el territorio”, explica Raúl Calleja, director de SPORTCITIES. En su opinión, la relación entre ambas partes ha evolucionado desde una lógica transaccional hacia una de partnership. Ese vínculo será uno de los temas que se abordarán en el Foro Nacional de Organizadores de Eventos Deportivos, el próximo día 22 de octubre en SPORTCITIES Valladolid.

 

La factura de atraer un evento

La alta competencia entre administraciones para atraer un evento deportivo tiene una primera dimensión evidente: cuánto está dispuesta a pagar una ciudad para hacerse con una determinada cita.

En el deporte profesional, la Copa del Rey de baloncesto tiene un canon de 1,7 millones de euros por edición, mientras que el de la Copa del Rey de fútbol se sitúa en 3,5 millones de euros anuales, según los datos públicos recopilados por 2Playbook. En el caso de La Vuelta, las administraciones abonan desde 2022 una media superior a 100.000 euros cuando acogen una salida o llegada de etapa. La Vuelta Femenina reduce ese ticket hasta una media de 60.000 euros.

 

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En otras competiciones, la factura aumenta. Una ciudad puede llegar a aportar 800.000 euros por albergar el Masters Final de Premier Padel, mientras que el canon medio de MotoGP en España ronda los 8 millones de euros por edición, cifra que asciende a 9 millones en Cataluña y Valencia.

A medida que el evento adquiere dimensión internacional, el canon aumenta. Andalucía, el Ayuntamiento de Málaga y la Diputación de Málaga llegaron a pagar 8 millones de euros por la Copa Davis. El Open de España de golf supone 3,2 millones de euros para el European Tour, mientras que la NFL recibe 1,5 millones de euros por el partido internacional disputado en el Santiago Bernabéu.

El SailGP ronda los 3,5 millones de euros por edición, mientras que Barcelona destinó 8 millones de euros al Grand Départ del Tour de Francia.

La inversión, además, no se limita al canon. Seguridad, movilidad, acondicionamiento de espacios, promoción, producción o servicios municipales forman parte de una factura que puede elevar considerablemente el coste real de albergar una cita. Por eso, para Calleja, el análisis debe aproximarse al de cualquier otra inversión: “No basta con conocer cuánto cuesta organizarlo; hay que entender qué genera, para quién lo genera y qué permanece después”.

 

El retorno: de los espectadores al territorio

La otra cara de la ecuación es el impacto que genera el evento. Y aquí también existen diferencias sustanciales entre citas. El primer Gran Premio de España de Fórmula 1 celebrado en el circuito de Madring registró más de 352.000 accesos durante todo el fin de semana. En Madrid, el partido de la NFL entre los Miami Dolphins y los Washington Commanders reunió a 78.610 espectadores en el Santiago Bernabéu y atrajo a 42.000 turistas internacionales.

El encuentro generó un impacto económico de más de 70 millones de euros, según comunicó el Ayuntamiento de la capital. Fue cuatro veces superior al mínimo de 16,37 millones que había fijado el consistorio meses atrás. El Mutua Madrid Open, celebrado en mayo de 2025, habría generado 250 millones de euros de impacto económico y 3.400 puestos de trabajo, según un análisis del Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada. Son tres grandes eventos organizados en tres momentos diferentes del calendario, y nunca en verano o Navidad, las épocas en las que Madrid recibe más turistas.

 

Las principales ciudades españolas asumen cánones millonarios para atraer eventos deportivos y culturales

 

En Cataluña, el Grand Départ del Tour congregó a 385.000 personas durante sus tres primeras etapas. La Generalitat destinó 6 millones de euros a la organización e implicó a doce departamentos en una carrera que recorrió más de 350 kilómetros y 64 municipios. El conseller de Esports de la Generalitat, Berni Álvarez, situó el impacto económico estimado de esas tres jornadas entre 100 millones y 200 millones de euros, además de reivindicar el legado territorial y social de la competición.

El contraste entre estas cifras y los cánones permite entender por qué las administraciones compiten por determinadas citas. Pero también obliga a matizar qué significa realmente retorno. “Debemos ser rigurosos: no se trata simplemente de multiplicar espectadores por gasto medio. Hay que diferenciar gasto nuevo, desplazamiento de consumo y efectos realmente atribuibles al evento”, señala Calleja.

 

No todo pasa por un Mundial

La estrategia de eventos de una ciudad tampoco tiene por qué construirse alrededor de una única gran competición internacional. Las pruebas populares son otro segmento en el que las administraciones realizan aportaciones económicas. La Spartan Race Tenerife ha llegado a percibir 455.000 euros del Cabildo de Tenerife, mientras que el Ayuntamiento de Madrid aporta 200.000 euros al Medio Maratón de Madrid. En A Coruña, la aportación conjunta de Diputación y Ayuntamiento al 10K A Coruña asciende a 217.000 euros.

Son importes muy alejados de los cánones de MotoGP, Fórmula 1 o determinadas competiciones internacionales, pero responden a otra lógica: mantener una actividad recurrente, atraer participantes y visitantes, y ocupar diferentes momentos del calendario.

En fútbol, además, el impacto no depende exclusivamente de la celebración de una final o de una competición puntual. La actividad de los clubes profesionales y semiprofesionales genera una economía recurrente durante temporadas que se alargan de agosto a junio. En el área de Barcelona, el fútbol aporta 1.521 millones de euros de valor añadido bruto y 27.822 puestos de trabajo anuales, según El fútbol que mueve Barcelona, informe elaborado por 2PlayBook en coordinación con la Cámara de Comercio de Barcelona.

Los siete clubes analizados —FC Barcelona, RCD Espanyol, CE Sabadell, CE Europa, UE Sant Andreu, FC Terrassa y CE L’Hospitalet— generaron 981 millones de euros de gasto directo en el área de Barcelona y una recaudación fiscal de 311,9 millones de euros.

 

Una inversión que se mide más allá del impacto económico

La suma de eventos de distinta naturaleza permite así construir una actividad más estable que la dependencia de una única gran cita. “Una ciudad madura no debería aspirar a captar todos los eventos posibles, sino a construir un portfolio coherente: eventos internacionales, nacionales, participativos, profesionales, de deporte base, vinculados al turismo o capaces de activar instalaciones y espacios urbanos durante todo el año”, apunta Calleja.

 

El retorno se mide también en turismo, empleo, posicionamiento y legado

 

La discusión empieza a desplazarse de cuánto dinero mueve un evento a qué función cumple dentro de una estrategia territorial. Una ciudad puede buscar desestacionalizar el turismo, activar determinados barrios, generar negocio para empresas locales, mejorar instalaciones, atraer nuevos eventos o reforzar su posicionamiento internacional.

También puede utilizar una competición para asociarse a un determinado deporte o comunidad de seguidores. El impacto, en ese caso, no se concentra únicamente en los días de celebración. “Hay eventos que quizá no tienen un impacto económico extraordinario a corto plazo, pero pueden ser muy valiosos porque posicionan un destino en un determinado deporte, mercado turístico o comunidad internacional”, explica el director de SPORTCITIES.

 

 

Ese enfoque también cambia la relación con los organizadores. Para ellos, disponer de un estadio o pabellón ya no es suficiente. Accesibilidad, conectividad, oferta hotelera, movilidad, servicios municipales, capacidad de producción, espacios públicos, experiencia del espectador y apoyo institucional forman parte de la evaluación de una sede. La ciudad, a su vez, busca que el evento salga del recinto y genere actividad alrededor.

El resultado es una competencia en la que el canon es solo una de las variables. La pregunta ya no es cuánto cuesta traer un evento, sino qué obtiene una ciudad a cambio de asumir ese coste y qué queda una vez termina la competición.

“¿Qué eventos queremos atraer, por qué los queremos y qué queremos que quede después?”, resume Calleja. La respuesta dependerá de cada territorio. Para una ciudad puede ser turismo internacional; para otra, desestacionalización; para otra, actividad económica local o activación de instalaciones. La estrategia pasa por conseguir que cada evento cumpla una función dentro de una cartera diseñada para generar actividad durante todo el año.

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