Entrenar durante años a alta intensidad no solo transforma los músculos, la resistencia o la capacidad pulmonar. También modifica el corazón. Como cualquier otro músculo sometido al ejercicio físico continuado, el corazón de un deportista de élite se adapta al entrenamiento y desarrolla mecanismos que le permiten trabajar de manera más eficiente. A una menor escala, estas adaptaciones también las reproduce la población general.
Distinguir entre una adaptación fisiológica y una alteración cardiovascular es uno de los grandes retos de la cardiología deportiva. Especialmente cuando el ejercicio se realiza a intensidades muy elevadas. “La idea clave es que el corazón de un deportista de élite se adapta al entrenamiento de la misma manera que los músculos: cambia su estructura y, sobre todo, se vuelve más eficiente”, explica el doctor Álvaro Aceña, especialista del Servicio de Cardiología y miembro de la Unidad de Cardiología Deportiva del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, que actúa como el Proveedor Médico Oficial de Movistar Estudiantes.
Después de años de entrenamiento intenso, especialmente en disciplinas de resistencia como el ciclismo, el atletismo, la natación o el remo, el corazón puede experimentar una serie de cambios. Entre ellos se encuentra un mayor tamaño de las cavidades cardíacas, sobre todo del ventrículo izquierdo, así como un aumento moderado del grosor del músculo cardíaco, cuya magnitud depende del tipo de deporte y del entrenamiento realizado.

El resultado es un corazón capaz de expulsar un mayor volumen de sangre con cada latido. De ahí que los deportistas tengan una menor frecuencia cardíaca en reposo, ya que, al ser más eficientes, necesitan menos latidos para mantener el gasto cardíaco.
La adaptación, además, no es exactamente igual en todas las disciplinas. Mientras que los deportes predominantemente de resistencia tienden a favorecer en mayor medida la dilatación de las cavidades cardíacas, el entrenamiento de fuerza y los ejercicios asociados a elevadas presiones arteriales pueden generar una adaptación más marcada del grosor de las paredes.
“El corazón del atleta es, en principio, un corazón adaptado y eficiente, no un corazón enfermo”, apunta el Dr. Aceña. Sin embargo, reconocer dónde termina la adaptación fisiológica y dónde comienza una posible enfermedad es fundamental.
La adaptación también tiene límites
Que el ejercicio sea beneficioso para el corazón no significa que cuanto más, mejor. Hay una diferencia entre la cantidad y la intensidad de actividad física necesarias para obtener beneficios cardiovasculares y las cargas extremas que puede asumir un deportista profesional. Los años de entrenamiento intenso pueden asociarse a cambios estructurales más marcados o a una mayor frecuencia de algunas arritmias, especialmente auriculares. También pueden producirse alteraciones transitorias después de esfuerzos extremos.
El reto consiste en conocer la respuesta individual del deportista y reconocer aquellos casos en los que existe una enfermedad previa o una predisposición que pueda aumentar el riesgo. “Al igual que en cualquier músculo esquelético, pueden aparecer lesiones, de ahí que el aumento de la carga debe estar bien programado y controlado”, señala Aceña. Por ello, síntomas como un síncope, dolor torácico, palpitaciones, falta de aire desproporcionada o una disminución inexplicable del rendimiento requieren una valoración médica.
Conocer cómo se adapta el corazón es solo una parte del trabajo. En el deporte profesional, la prevención cardiovascular comienza con una evaluación que combina historia clínica, exploración física y pruebas complementarias. La doctora Elena Díaz Peláez, cardióloga del Hospital Universitari Quirónsalud Badalona, asegura que “el objetivo de los controles cardiológicos en el deportista profesional es identificar una posible cardiopatía subyacente y reducir el riesgo de eventos cardiovasculares durante el ejercicio”.
Cómo saber si el corazón del deportista está sano
El punto de partida es una historia clínica dirigida a detectar síntomas de alarma y antecedentes familiares de cardiopatía o muerte súbita. A partir de ahí, las pruebas permiten observar el corazón desde diferentes perspectivas.
En primer lugar, hay que tener en cuenta el electrocardiograma de 12 derivaciones, que registra la actividad eléctrica del corazón y constituye una herramienta fundamental en el cribado cardiovascular del deportista. Puede detectar alteraciones que hagan sospechar determinadas arritmias, trastornos eléctricos hereditarios o algunas enfermedades del músculo cardíaco. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el entrenamiento intenso también produce cambios electrocardiográficos, por lo que la interpretación debe realizarse teniendo en cuenta las características propias del corazón entrenado para evitar confundir adaptación con enfermedad.
Por su parte, la ecocardiografía utiliza ultrasonidos para obtener imágenes del corazón y permite analizar aspectos como el tamaño y grosor de las cavidades, la función contráctil o el funcionamiento de las válvulas. También permite valorar el tamaño de la aorta y detectar determinadas alteraciones estructurales o algunas cardiopatías congénitas. “Es especialmente útil cuando la historia, la exploración o el electrocardiograma plantean alguna sospecha y ayuda a diferenciar la adaptación fisiológica al entrenamiento de enfermedades estructurales cardíacas”, señala Díaz Peláez.

Por último, cabe señalar que la ergometría permite estudiar la respuesta cardiovascular durante el ejercicio mediante la monitorización del electrocardiograma y de la presión arterial mientras aumenta progresivamente la intensidad. En un deportista tiene especial interés porque algunas alteraciones pueden aparecer únicamente cuando el corazón está sometido a una determinada exigencia. La prueba puede ayudar a detectar arritmias inducidas por el ejercicio, respuestas anómalas de la presión arterial o alteraciones que requieran estudios adicionales.
Respecto al seguimiento, no existe una frecuencia única de revisión cardiovascular válida para todos los deportistas. La periodicidad depende de factores como la edad, la disciplina, los antecedentes médicos y los resultados de las evaluaciones anteriores. En el deporte de élite es habitual realizar evaluaciones médicas periódicas, especialmente al inicio de la temporada.
“Un deportista puede tener un rendimiento extraordinario y, aun así, presentar una enfermedad cardiovascular subclínica. El reconocimiento cardiológico busca detectar esas excepciones para establecer el seguimiento y tratamiento adecuado y garantizar la práctica deportiva con seguridad”, explica la especialista del Hospital Universitari Quirónsalud Badalona, que actúa como el Proveedor Médico Oficial del club de baloncesto Club Joventut de Badalona.
Qué aprender del atleta de élite
El conocimiento generado en el deporte profesional también puede trasladarse a la población general. El doctor Enrique Puche, especialista en Cardiología del Hospital Quirónsalud Málaga, explica que “el corazón se cuida con regularidad, no con esfuerzos puntuales. No hace falta entrenar como un futbolista profesional; hace falta incorporar la actividad física a nuestra vida”. El Hospital Quirónsalud Málaga es el servicio y proveedor médico oficial del Unicaja Baloncesto.
La primera lección es, por tanto, la constancia. Un deportista de élite no concentra toda su actividad en un único día, sino que planifica las cargas, progresa y reserva un espacio específico para la recuperación. Después, hay que tener en cuenta la progresión. Es decir, una persona que lleva años sin practicar ejercicio no debería comenzar entrenando a una intensidad elevada. El organismo debe adaptarse gradualmente.

Además, hay que tener en cuenta que el ejercicio forma parte de un conjunto de hábitos. El sueño, la alimentación o el control de los factores de riesgo son grandes condicionantes. “No necesitamos entrenar como un deportista de élite; necesitamos incorporar a nuestra vida la disciplina con la que un deportista cuida su salud”, destaca Puche.
Por último, uno de los aprendizajes más útiles que se extrae del deporte de élite es conocer los límites del organismo. Durante la actividad física es normal aumentar la frecuencia cardíaca y sentir fatiga. Lo que no debe normalizarse es la aparición de determinados síntomas. “No debemos normalizar que un deportista se desmaye durante el ejercicio”, advierte Puche.
El objetivo, en definitiva, no es convertir a toda la población en atletas de élite, sino aprovechar lo que se ha aprendido de ellos. En definitiva, entrenar de forma regular, progresar, controlar la carga, respetar la recuperación y conocer las señales que indican que algo no va bien.
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